Ver la vida pasar

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Aún no he conseguido abrir los ojos y ya comprendo que este no va a ser un día como los demás. Por supuesto, la indignación cotidiana sigue presente, pero hay también algo que solo alcanzo a describir como la presunción de que algo trascendental va a suceder hoy. El presagio de un hecho que le dará una nueva orientación a mi vida. No es nada racional, por supuesto. No tengo pruebas, datos, indicios. Ni siquiera podría llamarlo intuición. Por eso, me siento extraño de mí mismo.

Finalmente, cuando estoy bajo la ducha y mi mente comienza a alcanzar su velocidad de crucero, se me ocurre que sería preferible que el esperado golpe de timón no me coja trabajando. Aseado y desayunado, envío un mensaje a mi jefe de departamento para presentarle una excusa convincente que me exima de presentarme esta mañana en el instituto. Como no tengo la intención de quedarme en casa, evito la socorrida enfermedad y acudo a la no menos trillada visita al notario.

A la hora conveniente, y no antes, me siento en una terraza del centro de la ciudad a disfrutar de esta luz primaveral que me acaricia como una amante joven y antigua. Fuera de este espacio, la vida es un cactus que únicamente ofrece espinas; en mi refugio solo estamos el sol, una cerveza bien fría y yo.

Han pasado años desde la última vez que me tomé un descanso. Por delante, siempre las obligaciones, los compromisos, la agenda en la que ya no caben más anotaciones. Será por eso que estar aquí parece quitarme años, canas y niebla de los ojos.

A mi alrededor, observo a los viandantes caminar encorvados bajo la carga de sus vidas. De vez en cuando, uno o dos de ellos se yergue liberado de preocupaciones, pero son los menos. La mayoría niños o ancianos.

Entre los actores que pasan por el escenario que se abre ante mis ojos, distingo a un compañero de colegio. En aquel tiempo no éramos amigos, pero nos llevábamos bien. No me reconoce y mi saludo se queda congelado en el aire. En cambio, un desconocido que camina a su lado levanta también su mano devolviéndome el gesto. Yo sonrío amablemente y espero que no se acerque para averiguar quien soy. Afortunadamente, continúa su camino Quizá ni siquiera me salude a mí.

Unos minutos más tarde, es un antiguo alumno el que me reconoce. No recuerdo su nombre y agradezco que señale su reloj indicándome que tiene prisa. ¿De qué podría hablar con él? Seguramente, daríamos rodeos intentando evitar las preguntas que cada uno tiene en su mente: ¿Cómo te llamas? ¿Cuándo nos conocimos? ¿Nos llevábamos bien?

Aún estoy pensando en estas cosas cuando es mi viejo profesor de Matemáticas el que pasa a mi lado sin verme. Él es uno de los que camina erguido. Debe hacer años que se jubiló y parece interesado únicamente en exprimir cada minuto de vida. Me llevo la cerveza a los labios y le dedico el sorbo. Quizá no lo sepa, pero él enderezó mi trayectoria que iba encaminada directamente al desastre. Me proporcionó un objetivo y me dio pistas para alcanzarlo. Lo hice y después vinieron otros. Si estoy aquí esta mañana es, en gran parte, gracias a él.

Compañeros de trabajo —actuales y añejos—, alumnos, vecinos, conocidos, en fin, desfilan ante mí haciéndome pensar que solo he necesitado detenerme el tiempo suficiente para ver pasar la vida ante mí. Me viene a la mente la imagen de un Sol desplazándose temerario por la galaxia, pero inmóvil respecto a su sistema planetario. Así estoy yo: quieto y en movimiento a la vez. Niño, joven y adulto que revive sus edades sin dejar de ser mi yo presente.

Esta nostalgia inesperada me hace pensar en ti que fuiste mi amor de adolescencia. El primero y quizá el único. Fui impaciente y te alejé de mí. Después, he buscado tu esencia en cada mujer que se ha quedado conmigo el tiempo suficiente para percibir la suya. Nadie era tú, claro. Nunca volví a tener esa prisa por meterme entre unos brazos. No he vuelto a sentir en los labios el calor que me abrasaba cuando los tuyos me rozaban.

Como si los astros quisieran dar respuesta a mis pensamientos, te veo venir de lejos. Pese a que han pasado años inmisericordes, te reconozco como si nos hubiéramos despedido esta mañana después del desayuno. Tú también caminas doblada por el peso de una vida que me figuro infeliz, incompleta. Imaginar que soy la pieza que te falta para rellenar el hueco no me consuela. Como no lo hace fantasear que no fue lo que fue y que te encaminas a mí para decirme algo rutinario. Por ejemplo, que ya has dejado tu coche en el taller y podemos irnos a casa en el mío.

No sé si quiero que me veas. ¿Qué podríamos decirnos? ¿Me reprocharás mi cobardía? ¿Me culparás de no ser feliz? Tal vez lo seas después de todo y me lo hagas saber sin condolerte por mi soledad.

No me puedo esconder. Me has visto, me saludas y te diriges hacia mí, sonriente. No sé qué decirte. Tú te adelantas.

—Hola, cariño. Ya he llevado el coche al taller. ¿Nos vamos a casa en el tuyo?

© Nacho Sendón. Alicante, 14 de julio de 2022

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