Un trabajo sencillo

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Estoy a punto de entrar en casa de unos desconocidos. No se sorprendan. Lo hago a menudo. Es por mi oficio. Soy trabajador por cuenta propia. Una especie de autónomo. No pago las cuotas de la Seguridad Social porque no encuentro el epígrafe adecuado para mi actividad. Tampoco declaro mis ingresos a Hacienda porque no suelo extender facturas por mis trabajos.

Es lo malo que tiene ser ladrón. La sociedad no cuenta contigo. Además, nos mete a todos en el mismo saco: atracadores, butroneros, timadores, carteristas, mangantes, malversadores, hurtadores, saqueadores, trileros, chorizos… Todos juntos en un totum revolutum que no ayuda a clarificar nuestro estatus laboral y dificulta nuestra incorporación al sistema público de pensiones.

Y, para acabar de complicarlo, hay quien nos pone al mismo nivel que los sicarios, matones, esbirros y asesinos en general (que me perdonen los miembros de este noble gremio por mezclarlos a todos en un esfuerzo sintetizador).

Disculpen. Me desvío del tema. Lo cierto es que esta noche estoy metido en un trabajito más fácil de lo normal. Supongo que por eso me he puesto a pensar en la jubilación y la sanidad pública. Y debe ser también por eso que pierdo algo de concentración y hago más ruido de lo que es habitual en mí.

Eso no debería preocuparme. La vivienda que intento limpiar está en medio de una inmensa extensión de terreno vacío. Sé que sus ocupantes están de viaje y que aún no han instalado alarma u otro sistema de seguridad. La cristalera que, desde el exterior, da acceso al salón principal la abriría mi sobrino, el que hará la comunión en mayo. De hecho, ya ha abierto cosas más difíciles. A veces, me parece que hay personas que necesitan ser desvalijadas para ver si así espabilan. Y la parejita dueña de esta casa es el paradigma perfecto de lo que les estoy relatando.

Y otra vez me desvío. Disculpen mi verborrea fruto, según dice mi analista, del hecho de trabajar en soledad. Él no sabe a qué me dedico exactamente. No quise darle demasiados datos de mi actividad, no vaya a ser que, además de psicólogo, fuera cantante, de modo que le dije que era fraile en un convento de clausura, lo que me obliga a visitarlo vestido con un hábito monacal que distraje del colegio de monjes al que iba de crío.

El caso es que acabo de entrar en la vivienda y se enciende una luz que yo estoy seguro de no haber solicitado. ¡Por las barbas de San José! No sé qué me preocupa más, si la posibilidad de acabar con mis huesos y el resto de mi anatomía en el trullo, o que la persona que acaba de iluminar la sala es una jovencita semidesnuda que no parece estar asustada ni tantito así.

Doy un paso hacia atrás y ella lo da hacia adelante al tiempo que extiende su mano como si intentara detener mi huida. Y la detiene, me quedo clavado entre la salida y un sofá de piel con chaise longue por el que si me hubiera traído la “furgo” me habrían podido dar hasta cien euros.

—No se vaya. Es usted un ladrón, ¿verdad?

—¿Me creería si le digo que soy un monje cisterciense?

No me contesta. No hace falta. Me pone cara de que no, que no se lo va a tragar.

—Entonces, tiene usted razón. Soy un ladrón y si me deja marchar, le juro por mi santa madre que no me vuelve a ver la jeta. La cara, digo.

—¿Y si nos tuteamos? Ninguno de los dos es un viejo, ¿verdad? No te marches. ¿Te apetece una copa?

Me han pasado cosas muy raras en mi profesión. Como aquella vez que robé un peluche para mi sobrino y, al dárselo, descubrió que estaba lleno de bolsitas de “polvos de talco”. Por suerte pude recuperarlo a tiempo y mi hermana no llegó a enterarse nunca. De lo contrario, ¿de qué les iba a contar yo ahora estos sucedidos? Para lo que no estaba preparado era para esto. El ataque de unos dóberman, sí, mantener una relación social con mi víctima, no.

—Pues si tuviera usted… Si tuvieras un coñac, no le haría ascos.

—¿Te da igual un Armagnac?

No entiendo de bebidas caras, solo de objetos de valor y si llego a ver la botella antes de que ella me descubra, se la birlo.

—¿Un Armañac? ¡Venga!

Me indica con un gesto que me siente en el sofá. Creo que no había estado más cómodo en toda mi vida. No pediría por él menos de doscientos euros.

El salón es enorme. Además de este en el que estoy sentado, hay otro sofá que forma una L con el mío, solo que sin chaise longue. Un par de sillones orejeros de cuero, una mesa de mármol delante de mí, otra, esta de comedor, rodeada por doce sillas, un aparador, una pequeña vinoteca, cuadros, cortinas, un piano de cola y un par de librerías de caoba, una de las cuales incluye un mueble bar de lo más coqueto del que extrae una botella que se ve antigua y cara. Se me pasa por la cabeza la idea de que me va a envenenar. No creo. Se diría que no le caigo mal. Saca dos copas que deposita en la mesita de Carrara. Las llena hasta la mitad de licor, coge una, la hace girar en su mano con oficio. Se nota que está acostumbrada a lo bueno. Me la ofrece y luego hace lo mismo con la suya. Se sienta a mi lado y le da un lingotazo largo, sin inmutarse. Yo hago lo mismo y tengo que esforzarme para que no se note el fuego que me abrasa la garganta y las entrañas.

Enciende un cigarrillo y me ofrece otro.

—No fumo, gracias.

—Mejor para ti. Si no me mata mi marido, lo hará el tabaco.

—¿Perdón?

—Es una forma de hablar. Mi marido no me matará. No tiene cojones. ¿Alguno de sus empleados? Eso sí podría suceder.

Me huelo que si tiro del hilo que me acaba de tender acabaré en un lío más gordo del que me tiene ahora encadenado a este sillón en el que podría quedarme a vivir. Así es que, me trago la intriga y desvío mi curiosidad hacia otro lado.

—Y tu marido no está por aquí, ¿verdad?

—¡Qué va! Tendríamos que habernos ido de viaje juntos y al final me ha dicho que tiene que hacer una salida de negocios. O sea, que va a negociarse a su asistente personal. ¡Qué vulgaridad!

No sé qué decir. Me iría corriendo. Sin embargo, mi anfitriona no parece una amenaza.

—Tú habías venido a robar, ¿no?

—Pues…

—Y yo te he interrumpido.

—Lo normal. En un caso como este cualquiera habría hecho lo mismo.

—¿Sabes qué te digo? Voy a echarte una mano.

Empiezo a entender. Esta mujer despechada solo quiere vengarse de su marido. Me va a ayudar en mi faena porque eso facilita la suya. Con clientes así, este trabajo sería pan comido. Cosa de niños.

Lo que viene a continuación no lo es. Ella apura de un trago su copa y la deja sobre la mesa. Yo hago lo propio. Tiro a levantarme y me la encuentro sentada encima de mí. En un gesto que parece premeditado se quita las braguitas. Que lo son. Más pequeñas y tendríamos que hablar de cinta para el pelo. Con una mirada imperiosa me obliga a quitarme los pantalones y todo lo demás.

Ya que se venga, está dispuesta a vengarse del todo. Y no escatima esfuerzos en su desquite. Además de la ropa, se lleva consigo hasta la última gota de mi virilidad.

Amanece cuando se levanta con urgencia del sofá. Me temo lo peor. Ahora llega la pasma y me pilla, nunca mejor dicho, en pelotas. Sin embargo, aparece un par de minutos después tan desnuda como antes. Arrastra una bolsa de basura de las de comunidad de vecinos llena de dinero, joyas y bagatelas semejantes.

Deja la bolsa a mis pies y se despide de mí con un beso largo y húmedo. Antes de que me levante, me susurra algo al oído.

No se lo contaré a ustedes por la discreción debida. Solo puedo decirles que en ese mismo momento me ascendió en el escalafón laboral.

Ahora me alegro de no cotizar como autónomo. No quiero ni imaginar la cuota que tendría que pagar un asesino a sueldo.

© J. Ignacio Sendón. 30 de octubre de 2020

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