El último viaje

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En un intento de poner algo de orden en mi vida, pensé que sería buena idea comenzar por sus lindes para, de ahí, avanzar hacia la anarquía de mi mente. Con tan buenas intenciones, subí al desván cargado de un entusiasmo que pronto se desvaneció al comprobar el estado en el que se encontraba el primero de los enseres que inspeccioné: la vieja maleta que solíamos usar en nuestras excursiones por la costa. Deformada, con sus costuras deshilachadas y desencajada ya no servía sino como contenedor de basura. Y tal vez ni para eso. Estuve un buen rato mirándola, acariciando su lomo como si se tratara de un animalillo desvalido y recordando sus mejores tiempos que, en buena medida, coincidían con los míos. Fue entonces cuando comprendí que lo que necesitábamos era emprender un nuevo viaje. Para mí, con certeza, el último.

Demasiado cansados para partir cada uno por su lado, demasiado perezosos para buscar nuevos compañeros de travesía, no me costó convencer a Amalia de que volviéramos a embarcar juntos. Ella sabía, como se sabe que al ocaso le sucede la oscuridad, que yo no regresaría a puerto. Desde hacía mucho tiempo, la vida ya no era para mí lo que tenía por delante, sino lo que había dejado a la espalda. Pese a ello, me ahorró admoniciones y reservas, me miró sin decir nada, mostrándome el mar en sus ojos exhaustos y su silencio fue la mejor prueba de amor que yo me hubiera atrevido a pedirle tras años de desencuentros y distancia.

Sin discusión alguna, acordamos sustituir la inservible maleta que nunca sabíamos dónde meter en nuestro minúsculo velero, por dos funcionales mochilas, una para cada uno, en una forma de metáfora de emancipación mutua. Ya no sería necesario el agrio debate sobre lo que es imprescindible y lo que resulta superfluo para sobrevivir dos semanas en un espacio tan pequeño que en él solo el aire y la luz caben sin restricciones. Amalia podría meter en su saco las cartas de amor de Mariana de Alcoforado que ya había leído cientos de veces y yo llenar el mío de pinceles, papel y acuarelas que, probablemente, no usaría.

Unos días antes de partir, me tendió un pequeño paquete delicadamente protegido por una funda de algodón. En su interior, tres pequeñas libretas se unían, mediante estrechos hilos elásticos, entre sí y todas juntas a una cubierta de piel de color camel. El conjunto se cerraba con otra goma y conformaba lo que parecía ser un elegante diario de viaje.

—Siempre has querido tener un cuaderno de bitácora. Me ha parecido que esto podría servirte.

Más de una vez yo me había lamentado de que no conserváramos un registro de los pormenores de nuestras expediciones. Su respuesta solía ser desabrida:

—No salimos a buscar la Atlántida, querido. Apenas nos alejamos dos millas de la costa. Alguien que nos siguiera por la orilla en bicicleta nos tendría siempre a la vista. ¿Tú crees que hace falta contar por escrito nuestras peripecias?

Si nuestros cabotajes le parecían tan carentes de emoción, ¿por qué se embarcaba conmigo? La respuesta debía hallarse en una estancia de sus pensamientos mucho más profunda que aquella que alojaba la evidente desgana, los comentarios hirientes o las constantes quejas. Y de esas honduras había salido, sin duda, la idea de regalarme el diario que ahora tenía entre mis manos.

El cuaderno, que luego averigüé de hechura japonesa, invitaba a la reflexión y la escritura. Muy pronto comencé a llevarlo conmigo a todas partes y lo convertí en testigo de los preparativos primero y de las incidencias del recorrido más tarde.

Ignoro cuál será su destino final. Me gustaría pensar que Amalia le dará uno honroso; mejor que soportar conmigo el aire cargado de salitre, las salpicaduras del mar, el castigo inmisericorde del sol sobre su cubierta y mi continuo manoseo.

Un día le pregunté a Amalia si no tenía curiosidad por conocer mis anotaciones.

—La tengo, claro que la tengo —me respondió.

—Puedes leerlo cuando quieras.

—Te lo agradezco. Cuando llegue el momento, lo haré.

Quizá fue la conversación más larga de todo el viaje. Y la más enigmática. ¿Se estaba refiriendo a que lo leería cuando yo ya no estuviera presente? ¿Confiaba, quizá, en poder leerlo cuando ambos hubiéramos regresado a puerto y hubiera concluido nuestra aventura otoñal? ¿O simplemente esperaba a que ocurriera algo digno de ser reseñado para comprobar de qué manera lo describía yo en sus páginas?

No quise preguntar. Pese a la falta de conversación, no se podía decir que Amalia y yo no nos comunicáramos. Después de tantos años, un mohín revelaba mucho mejor que un discurso lo que sentíamos o pensábamos. Supongo que, por pura necesidad, ambos habíamos aprendido a leer entre líneas en los ojos o en la forma de los labios del otro lo que no escuchábamos con palabras.

De esa manera supe que me había llegado el final. Mi dolencia apenas presentaba síntomas. Al menos, no alguno que yo pudiera notar. Sin embargo, el color marfileño de mi piel, la lentitud de mis movimientos o la luz en fuga de mis ojos le indicaron a Amalia que mis días tocaban a su fin. Y la tristeza en su mirada me lo hizo saber a mí.

En la décima jornada de nuestro viaje, noté que el aire que entraba en mis pulmones no bastaba para insuflarles vida. Agotado, pasé las primeras horas del día tumbado en mi catre, aferrando en una mano el diario en el que había escrito los párrafos que anteceden y con la otra guarecida entre las de Amalia. En muy poco tiempo, mi corazón se cansó de latir. Nunca he visto morir a nadie e ignoro qué señales envían los muertos para decirnos que por fin lo son. Sé, sin embargo, que, sin que yo gimiera, me quejara o dijera una sola palabra, Amalia entendió que la mano yerta que sostenía ya no era mía ni de nadie. La soltó suavemente, me colocó ambas sobre el diario y este sobre el pecho y cerró mis párpados ocultando la noche sin luna ni estrellas de mis ojos.
No sé si leyó mi diario. Quizá no lo necesitara. Como tantas otras veces en el pasado, supo todo lo que tenía que saber sin necesidad de que yo se lo dijera.

Creo que me lo regaló para que yo pudiera tener otro compañero de viaje que escuchara mis largas peroratas sin quejarse. Yo no fui tan generoso y la dejé sola en su última travesía.

Una que aún habría de durar varios años.

© Nacho Sendón. Alicante, 20 de diciembre de 2022

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2 comentarios

  1. Concha

    Impresiona como escribe alrededor de la muerte….no puedo hacerlo de la misma manera, o si,
    …..no puedo hacerlo…y lo veo cerca….me parece que si lo hiciera estaría mas tranquila…. No sé si tienes hijos, nietos, quieres seguir para verlos ..pero esto es caduco.
    La muerte de una amiga ha tenido, sus tiempos, sus compases, emociones, se han ido pasando poco a poco hasta el final…un espero verte a la vuelta y yo dije siii,,, pero no fue así.

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