El orfanato

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I

Podría ser primavera. Quizá sea otoño. Estamos en 1972. Una niña de cinco años ve a sus compañeras jugar en el patio. No conoce el motivo, pero sospecha que no es como las demás crías de su edad. Apenas tiene recuerdos y, desde luego, ninguno anterior a su llegada a la inclusa que es su hogar. No conoce otro y no ha salido de él salvo para ingresar en el Almirante Vierna aquella vez que no paraba de toser y las monjas pensaron que la perdían para siempre. Si no fue así, es porque su ansia de vivir resultó ser más fuerte que cualquier bacteria.

Esta mañana, la superiora considera que está totalmente recuperada y le permite salir con las otras niñas para dar un corto paseo por los alrededores del edificio. Nunca llegan más allá del cercano mercado de Progreso o la plaza de la Princesa. En sus explanadas, juegan a lo mismo que en el orfanato, pero respiran algo parecido a la libertad. Ella, concentrada como está en seguir al grupo sin hacer nada que enoje a las adustas religiosas, no conserva imágenes de las calles y los edificios que ve en esas caminatas. Únicamente, la fachada de la institución que la acogió de recién nacida se graba en su memoria con tinta indeleble. Años más tarde, no sabría volver a ella, pero sí identificarla si pasara por delante. Y así será.

Es en esas salidas cuando observa a otros niños. Los ve reír y llorar. Nota las muestras de cariño de sus padres. Percibe, sin comprender, el calor que une a los miembros de una familia. Y se pregunta por qué ella no lo puede sentir.

A sus ojos, la ciudad es un ser vivo que serpentea al son de las conversaciones de los viandantes. Ella querría formar parte de esa marea, perderse en su corriente y salir a flote en los brazos de una madre de verdad. Aún no sabe lo que eso significa, pero puede ver en otros rostros lo que nunca ha visto en el reflejo del suyo. Querría rebelarse contra esa realidad que intuye injusta, romper esa invisible barrera que la separa de los demás, pero la voz de la monja la saca de sus ensoñaciones y la convierte de nuevo en piedra inerte.

II

La historia cotidiana tiene sus ritmos y sus planes, de los que casi nunca conocemos nada. Pueden pasar meses sin que nada trascendental cambie y, cuando dejamos de mirar, todo es distinto y, algunas veces, mejor.

Años más tarde, la niña es ya una veinteañera que deambula sin destino fijo por la urbe en compañía de su madre. Aunque ha olvidado las sensaciones y pensamientos de aquel primer paseo infantil, sigue viendo las calles como elementos de la anatomía de un enorme animal con cientos de años de biografía. La calle del Príncipe es el corazón, el Arenal los oídos, el Castro los ojos, el Berbés los brazos y Traviesas las piernas. Ya sabe que todos, incluida su madre, pensarían que ha perdido el poco entendimiento que conserva si explicara esa cosmovisión de la ciudad. No le importa, en lugar de pasear, ella prefiere pensar que es un microorganismo que se mueve por las venas palpitantes de un caballo al galope.

Como si una herida abierta la hiciera salir del torrente sanguíneo, un giro en una arteria la lleva a reconocer el sobrio edificio de la Ronda de Don Bosco en el que pasó su infancia. Trata de detenerse sin ser consciente de que su madre aprieta el paso.

—¿No es este el colegio al que yo iba de pequeña?

—Esto no es un colegio, es un hospicio. Y tú no has estado nunca aquí.

—Pero…

—No era este. Te lo aseguro. Y ahora apura, que llegamos tarde.

A regañadientes, se pone en marcha. Ni sabe dónde van con tanta prisa ni entiende la reacción de su madre. Tampoco se da cuenta de que esta ha empezado a llorar sin lágrimas. Desea convencerla de que tiene razón; por eso, comienza a describirle los recuerdos que conserva de su paso por el establecimiento. Sin embargo, lo que consigue es que la mujer acelere aún más la marcha y se esfuerce en cambiar de conversación.

III

En 1957, todo el año es invierno. Sentada sola en un peldaño de la escalera que lleva a los dormitorios, una adolescente sueña un futuro diferente. Le cuesta imaginarlo, pues apenas conoce más muros que los recubiertos de humedad del colegio en el que vive. Llamarlo así es un eufemismo, pues, aunque en él se imparten clases, sus únicas compañeras son niñas huérfanas o expósitas como ella y su único uniforme es el hambre que retuerce su vientre y es su compañera inseparable. Un atuendo del mismo color de plomo que la lluvia que no ha dejado de caer desde la primavera de 1936.

Tiene ya catorce años y es de las mayores del centro. Las probabilidades de que alguna pareja pueda adoptarla hace tiempo que son escasas y cada día van a menos. Pese a ello, lo inesperado sucede y una viuda, con la que se cruza en uno de los paseos vespertinos que las monjas imponen a las internas, decide amadrinarla.

Sus sueños no se cumplen. No hay padres ricos, mansiones suntuosas o vestidos caros. Sin embargo, su madre es una buena mujer que no la rescata de la miseria, pero le da todo el cariño que le ha faltado hasta ese momento. Gracias a ella, es capaz de encontrar un sentido a su existencia y planear un futuro más realista. Con el tiempo, conseguirá llevar una vida tan normal como la de cualquiera.

IV

El tiempo vuelve a imponer su dictado y nos lleva a una mañana soleada varios años después. La que no tuvo otra madre que aquella que la recogió hace ya una eternidad se ve un día paseando con su hija entre el tumulto de mil voces imponiéndose sobre el silencio de sus pensamientos. No se da cuenta de que su derrota las lleva a pasar por delante del hogar de las Trinitarias. Tarda una milésima de segundo eterna en reconocer el lugar. Y en ese momento, un estremecimiento recorre su cuerpo como un rayo de desesperanza. Trata de disimular, pero la joven se entremete en sus pensamientos:

—Este era mi colegio, ¿verdad?

—No, cariño. Tú de pequeña ibas al Fleming, cerca de Camelias. Esto era un orfanato.

Le cuesta hablar mientras trata de reprimir un espasmo: la cicatriz mal curada de una tos ferina que pasó de pequeña y que casi se la lleva al único lugar del que nadie regresa jamás. A sus ojos se asoman dos lágrimas secas. En ellas se encierra la memoria de su propio pasado. Su hija no debería conocer los hechos que le está narrando porque no es ella la que los vivió. Son su penuria, su soledad y su miedo, no los de su hija. Y jamás le ha hablado de ellos. No entiende por qué, pero sabe, del mismo modo que se percibe lo intangible, que, en mala hora y por una ironía del destino, la joven —a la que no podrá legar la fortuna o posesiones con las que ella soñaba de niña— ha heredado sus recuerdos más dolorosos.

© Nacho Sendón. Alicante, 5 de junio de 2022

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6 comentarios

  1. Concha

    Hola Nacho, Feliz Año para todos a pesar de todo.

    Estoy de acuerdo con Adolfo, “lo bonito no tiene porque ser alegre ” pero en estos momentos, este bello relato, me producen mucha tristeza.

    1. nachosendon

      Gracias, Concha. Te diré que este cuente se inspira en un sueño real. Tan real como pueda ser un sueño.

      Feliz año para ti también. Y que traiga más ocasiones de encontrarnos.

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